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Sunday 15 february 2009 7 15 /02 /Feb /2009 00:31

 

 

Este es el relato del viaje realizado a los Alpes Italianos, el motivo del viaje no fue otro  que la reunión o quedada anual de los usuarios a la moto Deauville realizan todos los años en alguna parte diferente de Europa, se denomina DMD (Deauville Meets Deauville).

 

En esta aventura no iba a realizarla solo, me acompañaron entrañables amigos de ruta:

Raúl y María en su flamante Deauville 700

Antonio y su Yamaha 900 Diversión Gris plata

Andrés (Andresin) con una BMW R1200RT

Jano con la otra Deauville 650

 

El viernes 8 de junio empezó la aventura, Salí de Benavente muy pronto, tenia que encontrarme con parte de los amigos de ruta cerca de Calatayud, ellos subirían desde Madrid, Andrés ya lo había hecho el día anterior desde su pueblo Casares en el sur del sur de la península.

 

Desayunamos en el área de servicio donde habíamos quedado y seguimos adelante, primero por la autovía hasta Zaragoza y luego por la autopista hacia Lérida, pero en un momento dado, nos salimos de la autopista y recorrimos pequeñas carreteras comarcales de Lérida y Gerona, rodeadas en su mayoría de bosques de robles y cultivos varios, hasta llegar finalmente a Figueras, donde íbamos a hacer noche.

 

Después de una ducha, nos dirigimos hacia el centro de Figueres, hacia la Rambla, y de allí al Teatro-Museo de Dalí, para terminar callejeando por el centro de la ciudad y buscar un restaurante más o menos típico en el que consumimos productos de la región como la famosa butifarra y la crema catalana.

 

Regresamos al hotel satisfechos y con ganas de seguir viaje. El sábado debíamos encontrarnos con Pablo (Jano), que venía de Barcelona. Llegó muy puntual, incluso antes de la hora. Estaba tan ilusionado como los demás.

 

Antes de salir hacia la frontera, repostamos en Figueras, pues la gasolina está muchísimo más cara en Francia e Italia que en España.

 

Por fin, salimos hacia la frontera y nos encontramos enseguida en Francia, rodando por las autopistas hacia Marsella, Niza y la Côte d’Azur. El paisaje que nos rodeaba era completamente mediterráneo y los pueblos tenían casitas del color de la tierra con contraventanas de madera.

 

Aprovechando la pausa de la comida, intentamos llamar a un hotel Etap de Niza para reservar habitación, pero no teníamos bien los prefijos locales y tuvimos que arriesgarnos a ir a la aventura.

 

Llegamos a Niza hacia las siete de la tarde y buscando el hotel Etap y preguntando a unos y otros nos recorrimos el paseo marítimo de esta ciudad y llegamos a la zona del puerto y centro de Niza para darnos la vuelta y tratar de localizar nuestro hotel, que se encontraba precisamente en el polo opuesto de la ciudad. El hotel estaba junto al aeropuerto, pero, afortunadamente, no se oía el ruido de los aviones, aunque había una peste a queroseno en la calle como para colocarse.

 

El hotel no era ninguna maravilla de pulcritud, pero por lo menos tenía un buen aparcamiento para las motos.

 

Aquella noche cenamos en una pizzería un poco cutre, pues todos los restaurantes y bares de la zona estaban cerrados o cerrando (y sólo eran las nueve de la noche, pero ya se sabe que en Francia la gente se recoge muy pronto). Sin embargo, teníamos tanta hambre que las pizzas nos supieron muy ricas y las acompañamos con algunas cervezas. Luego nos recogimos pues aún nos quedaban unos cuantos kilómetros.

 

Al día siguiente, domingo, amaneció una mañana preciosa. Disfrutamos de un desayuno relativamente aceptable en el Etap, por el módico precio de 4 euros, durante el cual, nos saludó una camarera asturiana, curiosamente con aspecto de mujer india, que trabajaba en el hotel sirviendo en las mesas y limpiando.

 

El recorrido de ese tercer día fue precioso ya que atravesamos Francia  y nos adentramos en Italia, el trayecto, pese a ser autopista y estar lleno de túneles, era distinto, pues entre túnel y túnel aparecía el mar, la costa, bosque mediterráneo, casas y pueblos de la costa francesa e italiana… Apenas nos dimos cuenta de que habíamos atravesado la frontera, pues no había puesto fronterizo y tan sólo un cartel que indicaba Italia nos anunció la llegada al país.

 

Hicimos una parada en un área de servicio de la autopista para comer y coincidió con la carrera de moto GP (en Barcelona).

 

La última etapa del viaje no se hizo pesada, sino preciosa, pues nos metimos en una zona de valles, rodeados de inmensas montañas que anunciaban la zona de los Dolomitas y, cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos en Lana camino de Foiana, donde se encontraba la que sería nuestra casa durante los próximos días.

 

La “villa Fliri”, que era el nombre de la familia que regentaba este alojamiento, estaba a cargo de una mujer muy morena y de su madre, muy rubia y pálida, que le ayudaba discretamente. Las dos mujeres eran encantadoras y nos atendieron francamente bien todo el tiempo que estuvimos. Se llamaban Heidi y Patricia, pero nunca supimos cuál de las dos era Heidi, si la morenaza o la rubita.

 

El alojamiento era inmejorable. Las habitaciones, muy sencillas y bonitas, tenían balcones de madera que daban a los jardines. Estábamos todos encantados. Aunque lo que más nos gustaron a todos fueron los desayunos.

 

Con estos desayunos, la Fliri demostró haber captado perfectamente el espíritu motero y se ganó hacerse una foto con toda la comitiva española antes de nuestra partida.

 

Estábamos en una parte del Subtirol donde había una mezcla de idiomas entre el alemán y el italiano. Todos los carteles e informaciones estaban en ambos idiomas. El estilo de los pueblos, casas y jardines era muy germano. Sin embargo, la gente te hablaba en italiano si te dirigías a ellos en este idioma.

 

Esa noche, después de una buena ducha, subimos a cenar a un restaurante vecino que nos indicó la Fliri, que resultó ser el “Infodesk” del DMD2007. No recuerdo muy bien qué cenamos, pero en las distintas noches fuimos catando los platos del menú deauvillero DMD.

 

Había un filete Deauville, que consistía en una brocheta de filetes variados a la brasa, acompañados de patatas fritas y ensalada (las fotos serán más gráficas que mis descripciones), un postre Deauville que consistía en una degustación de diversos postres

 

y había otros platos como uno que consistía en un guiso de ciervo muy bueno, acompañado de los “Spezle” (pasta típica alemana de la zona  sueva), manzana y mermelada de arándanos. Todo estaba delicioso, pero creo que de lo que sin duda también disfrutamos mucho fue con la cerveza, especialmente la típica de la zona y la de trigo, así como de la “grappa”, una especie de aguardiente para digerir mejor las cenas o festines tan estupendos que nos dábamos cada noche, o quizá debería de decir cada atardecer, ya que la mayoría de los días estábamos cenando entre las ocho y ocho y media de la tarde, pues en Europa se suele comer y cenar a unas horas muy tempraneras con relación al horario español. Por ejemplo, solíamos comer entre la una y la una y media, a lo cual no nos costó demasiado acostumbrarnos.

 

El lunes nos levantamos tranquilamente después de un buen y merecido descanso. Desayunamos estupendamente en la villa Fliri y nos dirigimos al “Infodesk” para inscribirnos. Allí conocimos a Helmut y a unos cuantos alemanes, pues creo que algo así como la mitad de los asistentes al encuentro internacional eran de procedencia germana. Más tarde descubrimos que la otra mitad de los asistentes debía de estar formada por nacionalidades múltiples como franceses, británicos, finlandeses, holandeses, belgas, griegos, húngaros, portugueses, italianos y españoles. Curiosamente, hubo tantos asistentes italianos como españoles (siete).

 

Después de la inscripción y explicaciones correspondientes, nos hicimos unas fotos y cogimos las motos para ir a visitar Lana, que estaba apenas a cinco kilómetros. El paseo por Lana fue muy agradable.

 

Comimos en una “Birreria” o cervecería muy típica y nos pusimos las botas tomando pasta italiana, como lo testimonian las fotos.

 

La comida fue pausada, con sobremesa al estilo español. Estábamos en un jardín lleno de árboles centenarios y en la calle cercana podíamos oír y ver motos que pasaban cada rato, lo que nos dio idea del tráfico de moteros que circula por esa zona en el buen tiempo.

 

Regresamos a la villa Fliri y estuvimos un rato en nuestras habitaciones descansando y otro rato en un porche lateral de la casa viendo caer la tarde y la lluvia, después de un día bastante agradable y relativamente soleado. Estábamos en la montaña y sabíamos que las nubes y la lluvia nos acompañarían casi todos los días unas cuantas horas. Cenamos en el restaurante de todas las noches, rodeados de otros deauvilleros cada vez más eufóricos y risueños, y es que, los mismos alemanes que por la mañana desayunaban silenciosamente en los salones de la Fliri, por las noches, con unas cervecitas en el buche, se echaban unas risotadas que eran un verdadero escándalo. Esa noche nos acostamos no muy tarde, ilusionados ante la perspectiva de la primera ruta que haríamos a la mañana siguiente.

 

El martes 12 de junio amaneció un día muy agradable y el tiempo se portó bastante bien con nosotros, pues sólo nos llovió durante la comida y pudimos volver secos y tranquilos a casa. Nos asignaron un guía italiano que no era el que nos habían prometido, que hablaba español. Se llamaba Pino y sólo hablaba italiano. Era un hombre “pegado a su puro”. Siempre llevaba un puro consigo, incluso cuando iba conduciendo la moto, por lo que era muy difícil perderle el rastro, ya que olía a su puro hasta tres o cuatro motos por detrás de él.

 

Pino era italiano y supongo que, por eso, uno de los guías más simpáticos y también desastrosos del DMD2007. Nos llevó a pueblos preciosos y nos hizo unas rutas preciosas, aunque siempre con un cierta toque de desorganización y desastre que, sin embargo, encajó perfectamente con nuestro carácter latino y español.

 

La ruta de ese primer día era la del Passo Mendola. Había dos alternativas o posibilidades, se podía hacer la misma ruta larga o corta. Nuestro guía, Pino, prefirió esperar a ver qué ritmo llevaba nuestro grupo para decidir cuál hacíamos. Al final, hubo que hacer la corta, pues uno de los italianos que acompañaba nuestro grupo, Michele, no se manejaba demasiado bien con su moto nueva, una Guzzi LeMans 1000. Además de éste, viajaban otros dos italianos, Rocco con una Deauville y Massimo con una RT como la de Andresín. Iniciamos la ruta con una mañana de sol. Las motos avanzaban raudas sobre el asfalto y pronto empezaron los tramos de curvas.

 

Hicimos varias paradas en algunos pueblos de la zona muy bonitos y bien cuidados en general. Aprovechábamos las paradas para dar un paseo, hacer fotos... Hacía un tiempo estupendo y conforme avanzábamos, había más y más curvas. El entorno era precioso: montañas, ríos, bosques...

 

Llegamos al Passo Mendola a la hora de la comida. Nos sentamos en la terraza de un restaurante especialmente recomendado para moteros y ciclistas

 

Cuando terminamos de comer y nos dirigimos hacia las motos, comenzó a granizar y nos tuvimos que proteger bajo los toldos y lonas de tiendas de souvenirs. Aprovechamos ese rato para comprar pequeños recuerdos y postales. Junto a nosotros se protegieron también algunos pobres ciclistas a los que la granizada sorprendió en aquel punto, afortunadamente para ellos, imagino.

 

Pasado el aguacero, nos pusimos los trajes de agua temiéndonos lo peor, pero el resto de la tarde no nos pilló ningún aguacero y salió el sol a ratos. Antes de terminar la ruta, Pino nos llevó a un lugar de degustación de vinos de un pueblo cercano, donde pudimos probar algunos vinos y espumosos muy buenos. Pino hizo acopio de vinos y los guardó, no sabemos cómo pues se compró unas cuantas botellas, en el cofre de su Deauville. Ya os digo que Pino era un puntazo como guía y como persona.

 

Terminamos la ruta tranquilamente y regresamos a la villa Fliri con tiempo suficiente para poder tomar una ducha antes de ir a la barbacoa que se había organizado en el DMD2007. Si no hubiera habido perspectivas de lluvia, se hubiera celebrado en el bosque, pero como estaba nublado (de hecho luego cayeron unas gotas), nos reunieron en una especie de gran salón de actos, mientras que fuera, en una gran explanada o aparcamiento que solía ser nuestro punto de encuentro por las mañanas a la hora de iniciar las rutas, bajo lonas y toldos, se preparaba la barbacoa.

 

Había varios platos a elegir o entremezclar: salchichas típicas, cochinillo, pollo a la brasa (al parecer también muy típico). Todo esto acompañado de varias ensaladas al estilo alemán y de patatas y cebolla, así como de patatas fritas. La cena estaba muy buena, pero quizá demasiado sabrosa. Antes de ésta, nos ofrecieron degustar una especie de zumo de manzana típico de la región, que estaba exquisito, así como embutidos ahumados, también típicos de la zona y muy buenos y sabrosos, y una especie de empanadillas dulces al estilo alemán, rellenas de semillas de amapola, deliciosas, aunque por la descripción no lo parezcan.

 

Previamente a los aperitivos y la cena, nos reunieron a todos en las mesas del gran salón de actos en el que estaríamos protegidos en caso de lluvia durante la cena. Allí, la organización nos dio la bienvenida en varios idiomas, principalmente, el inglés, alemán e italiano, y se agradeció nuestra participación en este encuentro internacional. Fue en ese momento cuando se mencionaron la mayoría de nacionalidades que habían asistido al encuentro DMD2007, y cuando se nos felicitó a los españoles porque igualábamos en número a los italianos participantes en el encuentro.

 

Comenzó la cena y se sentaron junto a nosotros los italianos con los que habíamos hecho la ruta, así como nuestro guía Pino. Faltaba otro miembro de esa expedición y era mi hermano Peperra que no pudo realizar el viaje en moto y se lo hizo en avión, en las siguientes salidas iría de copiloto mío. Me vino a mi y a mis compañeros bien ya que realizo muchas fotos desde la moto, así como videos.

 

Peperra llego esa tarde en avión a Milán procedente de Madrid, alquilo un coche y condujo hasta la villa Fliri, para luego unirse a nosotros en la barbacoa. Aunque un poquito tarde, llegó a tiempo para disfrutar del final de la fiesta y fue recibido con mucha alegría y cariño por parte de nuestro grupo. Rápidamente le pusimos al corriente de todas las novedades.

 

Aquella noche empezó nuestra gran amistad con los griegos asistentes al DMD. Casualmente, la mujer de uno de los griegos era mejicana y su marido también hablaba estupendamente el español, por lo que rápidamente entablamos conversación con ellos. Eran una gente encantadora y nos fuimos con ellos a tomar la última ronda antes de irnos a dormir.

 

El miércoles 13, la ruta que se nos presentaba era un auténtico desafío para cualquier buen motero y deauvillero que se precie: el Stelvio. Un passo con 48 tornanti, que es como los italianos llaman a las horquillas o clásicas revueltas nuestras. El Stelvio se encuentra ya en la zona de los Alpes y el paso más alto se encuentra a más de 3.000 metros de altura.

 

Nos levantamos temprano, pues la ruta era larga. Hacía buen día y la cosa prometía. Después de un estupendo desayuno en villa Fliri, nos dirigimos al punto de encuentro, en el aparcamiento. Nuestro guía era Pino y los griegos se apuntaron a la ruta encantados de conocer esa zona tan espectacular. Esta vez no vino ningún italiano en nuestro grupo, pero en cambio se unió a nuestro grupo un escocés. De modo que viajábamos, además de Pino, las cinco motos españolas, el escocés, los Griegos y mi hermano Peperra de copiloto.

 

Por fin salimos, las motos calentaban motores y no sabían la clase de trayecto que les esperaba. No tardamos demasiado en apartarnos de las carreteras principales y en hallarnos en una ruta llena de curvas, con algunos túneles oscuros y largos, que parecían tallados en la piedra. Poco a poco nos fuimos adentrando en las montañas. Al principio, los bosques eran de una espesura aterciopelada y los ríos, que mostraban su ancho curso, se iban estrechando y convirtiendo en pequeñas cascadas y rápidas caídas, conforme ascendíamos por las laderas de las montañas. Al rato, las montañas empezaron a mostrar cumbres más despejadas y rasas, cubiertas de roca y pequeños glaciares de nieve. La vegetación iba desapareciendo en aquellas zonas altas donde los restos de nieve y hielo nos hacían intuir la crudeza del invierno.

 

En una de las horquillas, especialmente cerrada y pronunciada, nuestro guía Pino se cayó de la moto pues se le atravesó un ciclista y al querer ceñirse a la curva, no pudo seguir adelante y se cayó. A continuación y en esa misma curva, se cayó el escocés al cruzarse con una caravana. Por último, el amigo Raul tambien tubo un pequeño incidente al cruzarse con un coche en la curvita de marras y al estar estas muy peraltadas se le calo la moto y al no encontrar asfalto al intentar poner el pie se vino tambien al suelo. El caso es que la subida se las trae, yo con mi hermano detrás la verdad es que no tuve un mal traspiés, se porto fenomenal, subimos ligeritos y disfrutando del paisaje, no tanto ya del asfalto pues estaba algo bacheado, además bajaban muchas autocaravanas, era algo peligroso encontrártelas en plena curva.

 

Nos detuvimos antes de llegar arriba del todo, en una especie de aparcamiento con mirador. Las vistas eran espectaculares y desde ese punto podíamos ver perfectamente el trazado irregular de la carretera por la que habíamos ascendido. Como os podréis imaginar, nos hicimos mil fotos, algunos se tiraron en la nieve y disfrutamos de la espectacularidad del paisaje.

 

El ascenso terminaba un poco más adelante y quedamos realmente impresionados por el grado de dificultad de la carretera. Habíamos subido a 2760 metros de altitud y era maravilloso y espectacular.

 

Comimos en lo alto del Passo de Stelvio con los griegos, el escocés y Pino. La comida estuvo muy bien y hubo sus bromas y risas para no romper la armonía. Después de comer, nos hicimos fotos en los típicos podios de ciclista que homenajeaban a los grandes ciclistas de la historia italiana que han destacado en esta y otras cumbres montañosas.

 

Empezó a llover levemente, pero nuestro guía parecía confiado en que el tiempo mejoraría en cuanto comenzáramos el descenso, por lo que algunos no nos pusimos los trajes de agua. Sin embargo, aquella tarde llovió bastante y durante casi todo el trayecto, salvo pequeños tramos de tregua. El descenso, si bien menos espectacular que el ascenso, también fue muy bonito, pues atravesamos la frontera suiza y bajamos por una carretera que más bien era pista forestal. El paisaje era una maravilla y la lluvia también daba un encanto especial a aquellos parajes llenos de vacas, terneros, caballos, yeguas y potrillos.

 

Después de varios kilómetros por territorio suizo, volvimos a entrar en Italia y llegamos a un embalse. En la zona del embalse había un pueblo sumergido y de las aguas asomaba la torre de la iglesia. Paramos en un aparcamiento vecino y nos hicimos unas fotos pese a la lluvia fina que seguía empapándolo todo.

 

Era todo precioso. Después llegamos hasta la frontera con Austria y nos dimos la vuelta en esa zona que es tierra de nadie y en la que uno sale de un país para entrar en otro.

 

 

 

Paramos a hacer un alto en el camino en un pueblecito medieval. Allí nos tomamos algo caliente y repusimos fuerzas para el regreso. Afortunadamente, había dejado de llover un rato y el regreso fue bastante bueno. Para acortar ruta, el trayecto final se hizo por autovía.

 

El jueves 14 amaneció gris y lluvioso. La ruta prevista era los Dolomitas, pero cuando llegamos al aparcamiento de salida, Helmut le explicó a mi hermano que habían anunciado tormentas eléctricas en toda esa zona y habían decidido cancelar las rutas por los Dolomitas. Nuestro guía no aparecía, por lo que se nos asignó otro que nos explicó la ruta que iba a hacer: exactamente la misma que habíamos hecho el martes, por lo que decidimos no ir e improvisar nuestra propia ruta, camino de Bolzano y Trento, en el valle, donde esperábamos que el tiempo sería mejor.

 

 Helmut le dijo a mi hermano que tuviéramos cuidado pues las tormentas venían de allí, del Sur. Menos mal que no le hicimos caso, pues en cuanto bajamos a Lana y al valle, dejó de llover y empezaron a abrirse claros. Al final decidimos ir a Trento.

 

Hizo un día precioso, de sol y calor. Visitamos Trento, que es realmente hermosa y de estilo medieval, y comimos en una inmensa cervecería, que desde fuera engañaba, pues había que entrar por un portal, pero que resultó ser muy grande y típica. Comimos muy bien.

 

Paseamos un rato por Trento para bajar la comida, visitamos la catedral, callejeamos e iniciamos el regreso a villa Fliri con tiempo, pues esa noche era la cena del DMD2007 y teníamos que coger a las seis el autobús que nos llevaría a Lana.

 

La cena fue muy divertida. Se nos unieron el matrimonio de portugueses, Sergio y Luisa, ambos encantadores. Ellos fueron los que más kilómetros recorrieron para acudir al DMD.

 

Dispusieron unas mesas con cena buffet y nos servimos de lo que nos apetecía. Todo estaba muy bueno y consistía en platos entre italianos y germanos, así como los postres, que eran la delicia de cualquier goloso (y entre los moteros españoles había unos cuantos). Al final de la cena, los de Honda pasaron un cuestionario a todos los moteros.

 

Y después de la cena, discursitos y regalos, empezó el baile en un escenario que había al fondo de las mesas, pero ninguno de los “deauvilleros” españoles quiso marcarse un baile, Solo María que se atrevió a hacerlo con nuestro guía Pino.

 

Regresamos al hotel en el coche que alquilo mi hermano pues perdimos el bus que salía a las once y no nos apetecía esperar al que salía a las doce. Al día siguiente íbamos a los Dolomitas y había que levantarse temprano.

 

El viernes 15, el día amaneció bastante aceptable y la verdad es que no nos llovió en toda la mañana. A la ruta de los Dolomitas, sólo íbamos los españoles y Pino. Resultó ser una ruta espectacular. Atravesamos montañas, pueblos y parajes de ensueño y, una vez más, ascendimos casi hasta tres mil metros de altura. Disfrutamos de las curvas como niños y nos hicimos algunas fotos para rememorar esta ruta tan hermosa.

 

Uno de los pueblos que atravesamos era Canazei, donde veranea Pino, y estaba lleno de hotelitos y albergues preciosos, todos de madera, con los balcones llenos de flores de mil tonalidades.

 

Fuimos atravesando diversos pueblos y Passos: Niga, Sella, Campolongo….. En el de Pordoi, Pino nos recomendó subir en teleférico a la montaña para disfrutar de las vistas. Arriba había un restaurante y, como era la hora de la comida, aprovechamos a comer allí.

 

La subida en teleférico fue impresionante no sólo por las vistas (se veía el tramo final de curvas de la carretera por la que habíamos ascendido, campos, montañas, pequeños lagos), sino también porque, en un momento dado, los cables del teleférico se perdían en medio de una nube y parecía que estuviéramos subiendo al cielo a saludar a San Pedro. No es que diera miedo, pero sí vértigo e impresionaba un poco. Comimos arriba y tuvimos que imaginar e intuir nuestro entorno, pues la nube que nos rodeaba no nos permitía verlo. Estábamos a 2950 metros de altitud, como lo atestiguan las fotos que nos hicimos antes de volver a tomar el funicular de bajada.

 

Después de comer, seguimos atravesando más Passos. Lástima que empezara a llover, porque no pudimos hacer tantas fotos como nos hubiera gustado y el viaje ya no resultaba tan agradable. Nos llovió especialmente en el último trayecto de regreso hacia Lana y en la autovía.

 

Regresamos a tiempo para la foto de grupo. Más de un centenar de Deauvilles y otras motos, todas alineadas de forma ordenada, posando para la gran foto del recuerdo. Cada una con su color, su rasgo particular, ninguna era igual a las demás. Al igual que sus dueños, en apariencia todos iguales, pero cada uno con rasgos y personalidades tan distintas. Era hermosa aquella variedad multicolor, pese a la tarde de lluvia.

 

Nos despedimos con tristeza de aquella gente con la que habíamos compartido todos aquellos hermosos días: aquellos simpáticos belgas, los alegres griegos... Nos hicimos una foto pasados por agua y con todas las motos a nuestras espaldas, y luego, escoltados por la policía local, ascendimos todas las motos, como una larga procesión, hasta Foiana. Era una formación admirable, hermosa y ordenada.

 

Regresamos a casa y tras la ducha de rigor, nos encontramos en los jardines de villa Fliri y nos dirigimos al restaurante habitual para cenar. Durante la cena, se acercó a nuestra mesa a charlar un rato Pino. Nos sorprendió regalándonos a cada uno unos lanyard del Honda Deauville Club Italia.

 

Nos despedimos de Pino en los postres con la promesa de volvernos a ver en algún momento de nuestras vidas, como así fue, meses mas tarde, en otra quedada Deauvillera, en la que Pino fue invitado y allí nos volvimos a encontrar.

 

Los planes de viaje de regreso fueron los siguientes:

 

Mi hermano regresó con el coche de alquiler hasta Milán y allí tomó el avión de vuelta a Madrid.

 

Andrés, Pablo y yo, queríamos hacer el viaje en el menor tiempo posible, salimos  juntos con intención de hacernos algo más de mil kilómetros y dormir por la frontera o Barcelona. Al final, efectivamente dormimos en Barcelona pero después de hacer 1250km de un golpe, al llegar a Barcelona Pablo allí se quedo pues es de Barcelona. Andrés y yo buscamos hotel infructuosamente ya que nos costo mucho encontrar habitación para dormir, nos tuvimos que volver a la autopista y en un hotel de carretera hacia las afueras encontramos por fin un alojamiento, estábamos molidos del viaje y muy cansados, para las motos en el patio del hotel había un parking y un vigilante toda la noche, que nos tranquilizo.

 

A la mañana siguiente, bien dormidos y descansados emprendimos cada uno rumbo a sus destinos, Andrés a Casares y yo a Benavente, al cual llegue vía Zaragoza – Valladolid sobre las 20h

 

Quiero agradecer en este viaje a mis compañeros de ruta, Raúl, Pablo, Antonio, Andrés, Mi hermano Peperra y muy especialmente a María, que sin ella este relato no hubiera sido la realidad que es ahora.

Por Manuel Martin - Publicado en: Viajes
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